Eso que está ahí adentro está roto. Hace ya algún tiempo. La herida se cerró y no justamente por sí sola. La cicatriz que dejó le recuerda el dolor. Pasa su mano por ahí, sin mirar, solamente la lleva a ese lugar: es instinto. Toca porque se acuerda, y a veces sin tocar, también todo le vuelve al presente.


Eso que está ahí adentro está prendido fuego. Hace ya algún tiempo que viene avivando la llama. Abre el paraguas entre tormentas para que el agua no consuma la llama. Aviva el viento para que el fuego siga consumiendo oxígeno sin agotarse.

Lo que está afuera, ya poco y nada importa.

Así rota y al calor de su propio fuego prueba, intenta. Pone unas almohadas, por las dudas, aunque sabe que no sirve de mucho.

Está ilusionada, está haciendo lo posible y sonríe. Se ríe un poco de sí misma y entiende que está bueno que así sea.

Y nota que está sonriendo a solas, espontáneamente.

Su sonrisa no fue un acto reflejo social. Entiende y sonríe más, mas grande, sus labios se separan y le muestra sus dientes a nadie. Cambia sonrisa por risa.

Porque ayer le preguntaron cuándo pensaba tener hijos, porque en la sala de espera vio a dos embarazadas, porque se dio cuenta que saludó a la recepcionista de la clínica por su nombre, porque no quiso levantarse rápido de la camilla, porque se gastó lo que le quedaba de efectivo en un taxi que la llevó luego de su primer inseminación a su casa, porque se sacó el pantalón para que nada le apretara justo “ahí”, porque colocó estratégicamente la almohada de Marido, porque quería cambiar el canal pero no quería volver a levantarse por las dudas. Entonces así, riéndose de todo eso, le mandó un mensaje a él, para que se rían juntos.

Así te quiero ver.

 

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