28 de febrero de 2017

Se llama Mariana.

Tiene 36 años.

Es docente de Nivel Inicial.

Vive en San Fernando, Buenos Aires, Argentina.

Buscó “que la parta un Milagro” 2 años.

Diagnóstico: Falla ovárica precoz.

Está en pareja.

Inspirate… rompé prejuicios, animate, y sé así de valiente, como lo es Mariana.


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Empiezo por el final, hoy hace 10 meses que tenemos a Olivia y somos muy felices atravesando todos los desafíos que nos pone la mapaternidad.

Mi forma de contarles nuestra historia es transcribiendo la carta que escribí en Facebook para transmitirles a familiares y amigos que estábamos embarazados:

Tarda en llegar, y al final, al final hay recompensa…

Siempre supe que quería ser mamá. Incluso antes de que en la adolescencia me estudiaran por una posible menopausia precoz. Recuerdo a la ginecóloga infanto juvenil tranquilizándome diciéndome que la ciencia estaba avanzando mucho en lo que respecta al congelamiento de óvulos. Pero luego de estudios, me dijo que no, que mientras menstruara cada tanto, aunque con ciclos irregulares, todo estaba bien.

Siempre supe que quería ser mamá, y pensaba que, si no podía tenerlo en mi vientre, quería adoptar. Y así se lo dije a Ale la primera vez que hablamos del deseo a futuro de tener hijos.

Estas dos ideas siempre estuvieron presentes, iba a ser mamá, y no me importaba el ADN de mi hijo…  El destino me iba preparando de alguna forma.

Lo primero que hicimos, incluso antes de empezar a buscar un bebé, fue armar dos listas de nombres que nos gustaban, y después ver en cuáles coincidíamos. Claro, yo siempre muy organizadita, no iba a empezar a buscar un hijo sin primero ir a la ginecóloga y pedirle estudios para ver que todo esté bien antes de comenzar la búsqueda… Así que mientras esperábamos los estudios, pasaban los tres meses de desintoxicación del cuerpo de pastillas anticonceptivas, armábamos nuestras listas y soñábamos despiertos con ser padres.

Los estudios estaban todos bien, así que sería sólo cuestión de unos meses. Pero los meses pasaron y nada. En ese interín todo el mundo, sí, TODO EL MUNDO, se embarazó, desde mi hermana hasta varias vecinas del edificio, pasando por amigas, familiares, conocidas, compañeras de trabajo… Obviamente me ponía feliz por ellas, pero en mi cabeza sólo me venía una pregunta ¿Por qué yo no?

Las ginecólogas de mi obra social me decían “sos joven, relájate” … pero a mí eso no me alcanzaba. Algo no estaba bien. Así que insistí e insistí hasta que me derivaron a fertilidad dentro de mi obra social. Y mientras tanto, le hicimos caso a los consejos de mi hermana, y comenzamos los trámites para derivar aportes hacía una prepaga.

Ya hacía un año de búsqueda sin resultados, pero por lo menos habíamos comenzado un camino. Aunque los tiempos de los trámites, los análisis, las autorizaciones y mis ciclos, dilataron todo medio año más.

Una vez que tuve los resultados de todos los análisis, y ya tenía una prepaga, le llevé todo a un nuevo ginecólogo recomendado por una profe/amiga. No estaba todo bien… Mi FSH (hormona folículo estimulante) estaba muy alta, así que nos mandó a repetir el estudio en días específicos del ciclo. Esta vez todo fue más rápido porque ya no tuve que esperar autorizaciones, la nueva prepaga es cómo mágica (magia ayudada con una cuota extra un tanto elevada), sólo con el carnet se van abriendo las puertas del cielo.

Una vez más la FSH estaba muy alta. Por lo que rápidamente me deriva a una endocrinóloga ginecológica, quién me dice que, si bien no es una “menopausia precoz”, es similar ya que mi organismo no me hace ovular, por lo que si quiero ser mamá, necesito un tratamiento de fertilidad.

Allá fuimos hacía la especialista en fertilidad recomendada. Mientras tanto, busco en internet y aparece por primera vez en mi vocabulario la palabra “ovodonación”.

La especialista nos propone probar con una estimulación ovárica por medio de pastillas. Utilizamos la mayor dosis posible, sin resultados. Y aquí aparece la palabra tan temida nuevamente: Ovodonación. Si bien puedo probar estimular la ovulación nuevamente con métodos más invasivos, las posibilidades son muy bajas por mi nivel de respuesta, la decisión es nuestra.

Buscamos otra opinión en otro instituto, y luego de probar mejorar mi ovulación con otra medicación, nada… La tercera vez que nos dicen “ovodonación”. Ya en esta instancia estábamos muy al tanto de todos los tratamientos posibles y lo que implican física y psicológicamente.

El camino a seguir estaba en nuestras manos. ¿Nos arriesgábamos a sufrir pinchazos, intervenciones quirúrgicas y desgaste emocional cuándo hay muy pocas posibilidades? ¿O abríamos paso a esta posibilidad de aceptar una célula de una mujer sana (así como quién acepta un riñón, un corazón o un pulmón cuando está enfermo el suyo)?, porque un ovulo no es más que eso, una célula. No es un hijo, ni el deseo de un hijo.

Así fue como dos años y medio después de comenzar nuestra búsqueda, abrimos nuestro corazón y nuestra alma a la posibilidad que nos da la ciencia junto a una mujer anónima que donó un cachito de ella, para que en mi primer intento, lográramos tener a nuestro porotín en mi panza.

Y no les quepa la menor duda de que es mío, nuestro. El deseo es todo nuestro, el amor que le tenemos es todo nuestro. Él o ella está unido a mí por el cordón umbilical. Es mi útero quién lo acuna y yo quién lo alimento para que crezca y nos sorprenda en cada ecografía.  Somos Ale y yo quienes le hablamos a la panza. Quienes soñamos  cómo va a ser, quienes discutimos qué nombre ponerle. Quienes pensamos dónde vamos a poner sus juguetes en un depto. tan chiquito!

¿Ser padre es tener el mismo ADN? Yo creo que no… Pero si ustedes piensan que sí, la ciencia está otra vez a mi favor. Se comprobó que la mamá modifica el ADN del embrión durante su desarrollo en el vientre cuando el ovulo es donado.

Así que amigos y familiares, lo único que acepto son sus felicitaciones, porque este bebé es tan mío, tan nuestro, que lo único que puedo hacer desde hace 13 semanas, es desbordar de felicidad (y de miedos, obvio).

Si lo cuento a todos es porque creo que es un tema tabú, y debe dejar de serlo. Muchas mujeres se pierden la posibilidad de ser mamás por no saber… o no se animan por el detalle de que la célula que usan no sea la suya… o tienen miedo al qué dirán, o que miren mal a su hijo al saber que el ADN no es %100 suyo.  Yo no tengo miedo, descubrí que soy muy valiente. Así que lo cuento, lo grito, y espero que muchas más se animen y puedan ser tan felices como nosotros. Les juro que vale la pena.[/su_quote]

 

 

 

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